Migrantes: Huyendo de “la cosa”

18 junio, 2012

Imagen Migrantes: Huyendo de "la cosa"

Como ya ocurrió en el pasado, los españoles llegan a Uruguay huyendo de la crisis.

El Monte Umbe tardó 17 días en cruzar el Atlántico desde Vigo a Montevideo para dejar en nuevas tierras a mi abuelo y a tres vecinos del pequeño poblado de Villa Pedre, de la provincia de Lugo, en 1953. Así comenzó una historia que formó a mi familia y que no difiere, en grandes rasgos, a la de decenas de miles de hijos y nietos de españoles nacidos en Uruguay tiempo después. La mano de obra que perdía España, sometida por el régimen franquista, la ganaba con creces este país. Luego el paso del tiempo hizo que el tránsito cambiara de dirección y contribuyó a que España pasara de una sociedad de 33 millones de iguales a una de más de 44 millones de seres multiculturales. Ahora, otra vez, el flujo migratorio cambió de rumbo.

En apenas dos años, el censo de españoles residentes en el extranjero ha aumentado en 242.712 personas, el equivalente a la población de los departamentos de Maldonado y Soriano, según el Padrón de españoles residentes en el extranjero a 1º de enero de 2012. El colectivo de residentes en Uruguay, por su parte, se incrementó en 10.603 personas desde 2009; ocho de cada 10 llegaron después de 2010.

Para Javier Valdeolmillos, un valenciano que vive en Uruguay desde junio de 2011, la “cosa” en España está tan mal que “van a venir más”. La “cosa”. Una palabra que todos los españoles que conversaron con El Observador utilizaron para no nombrar el motivo de su expulsión. “Prohibido hablar de la cosa”, decía un cartel de un bar que frecuentaba Valdeolmillos en su tierra. La cosa no es más que la crisis económica por la que están desocupadas 5,6 millones de personas y que ha dado un giro radical a la historia reciente de la madre patria: en esta década, la emigración superará a la inmigración, una sangría que había parado en la década de 1980.

Según las proyecciones del INE español, hasta 2020 se marcharán medio millón de personas por año por la falta de trabajo (pero también por desilusión y decepción política), es decir, el 10% de la población. Nadie lo hubiese creído hace 10 años cuando la partida era en Carrasco y el destino era Barajas. “Creíamos que éramos una cosa y a lo mejor no la éramos”, reflexionó Roberto García, un madrileño de 33 años, que hizo el camino inverso.

En este vuelco de la historia, América Latina recibe el mayor flujo: el 80% de los nuevos registros del Padrón de españoles residentes en el extranjero. Y, en especial, Uruguay y Argentina vuelven a dar la bienvenida tal como se la dieron a muchos de nuestros abuelos en la década de 1950. “Ahora se pone en valor la red de contactos desarrollada en el pasado”, explicó Carlos Ferrás, profesor titular de Geografía Humana de la Universidad de Santiago de Compostela, quien cree que todavía es pronto para hablar de oleada migratoria. “Los datos demográficos oficiales del primer trimestre de 2012 señalan por primera vez un incipiente flujo emigratorio. (Pero) muy vinculado al retorno de los emigrantes que regresan a sus países de origen”, indicó. Esto se debe a que no se puede precisar cuántos de esos 242.712 expatriados son, en realidad, latinos con nacionalidad española que la obtuvieron gracias a la ley de Memoria Histórica. Tampoco se puede saber cuántos son los que no se registran en ningún consulado español (no hay ningún incentivo ni obligación para hacerlo) ni cuantos uruguayos con nacionalidad española retornaron sin haber pasado por la Oficina de Retorno y Bienvenida del Ministerio de Relaciones Exteriores. Sin embargo, los demógrafos españoles afirman que el “stock” de ciudadanos que residen en el extranjero es, efectivamente, mayor que el que refleja las cifras.

Un dato más aproximado lo ofrece la Dirección Nacional de Migración. De 1997 a 2007, el promedio de las residencias legales concedidas a españoles fue de 47 al año. En 2008, año en el que reventó la burbuja inmobiliaria en España, la cifra trepó a 118, dos veces y media más. En 2009 siguió subiendo: 133. En 2010 bajó a 100, pero aún lejos del promedio. No obstante, solo se concedieron 32 en 2011 y 15 entre enero y mayo de 2012, pero es un trámite que tarda más de un año. A Javi Callejón y a su esposa Lola, un joven matrimonio andaluz que vino a Montevideo en 2007, el papeleo les tardó 18 meses. “Por suerte nos vinimos para acá, sino no sé dónde estaríamos”, dijo Callejón. Ahora es docente en la Universidad de Montevideo, pero en España no había conseguido trabajo fijo. Este año ya recibió cuatro currículos de conocidos con la franca intención de emigrar para estas costas.

Explosión de la burbuja
La crisis inmobiliaria fue el verdugo de Carlos, de 39 años. “Me fundí. Me refundí”, dijo con un acento español entremezclado con uruguayo. Su verdugo fue la crisis inmobiliaria. En 2007 calculaba que sus propiedades valían 12 millones de euros. Dos años después, al venirse a Uruguay, su nombre figuraba en la lista de deudores y no en la de propietarios. “Todo era dinero de mentira. Yo ponía el dinero para construir. El banco me daba el dinero que yo quería. Cuando ya no daba más hipotecas se me cayeron todos los proyectos”, contó a El Observador. Había iniciado el negocio en 2002 con 90 mil euros. Se quedó con el capital suficiente para el pasaje y abrir una inmobiliaria en Punta del Este. Más tarde construyó “dos casitas” en Pinares, departamento de Maldonado. “Sobreviví en estos tres años”, agregó.

Acostumbrado a Barcelona, que es destino turístico todo el año, Carlos se sorprendió con la corta duración de la temporada de verano uruguaya. “No es fácil, pero la perspectiva es estar aquí. Con cualquiera que hablo que está allí, me dice que la cosa va a peor”, expresó. Familiares y amigos ya le han preguntado por la calidad de vida del país para venirse con niños. A ellos les cuenta sobre las frutas y verduras y, principalmente, sobre el cielo estrellado. “Su cielo impresiona… así como también cómo malgastáis el agua”, dijo.

El final del túnel de la crisis del ladrillo en España aún parece estar lejos. La construcción española seguirá cayendo hasta 2013 por el frenazo en la inversión en infraestructuras y por la persistencia de las restricciones de crédito.

Nuevos puertos
Ingenieros, arquitectos, técnicos, personal sanitario e investigadores que desean trabajar en lo suyo son los que más se están marchando de España, como fue gran parte del contingente de uruguayos que emigró tras la crisis de 2002. En síntesis, profesionales jóvenes. Un currículo completamente distinto al de los españoles que se bajaron de los barcos en la primera mitad del siglo XX.

Es el caso de Javier Valdeolmillos, un arquitecto independiente valenciano de 45 años, se encuentra probando suerte en Uruguay desde junio de 2011. Hubo algo que lo tranquilizó desde que puso un pie en el aeropuerto. Los uruguayos no hablan de “la cosa”. “En España cuando entras a un bar, hablas con un amigo o la familia, te preguntan: ¿Cómo te va la cosa? La cosa es la crisis”, señaló. El “clima optimista” de Uruguay le ayudó a tranquilizar un poco los nervios.

Valdeolmillos notó que a partir de 2008 los clientes que le pedían un proyecto para construir una casa, cancelaban el pedido al poco tiempo porque no conseguían crédito. “Fue muy extraño. Los bancos estaban dando mucho dinero a puertas abiertas sin exigir ningún papel y de repente dejaron de darlo”, reflexionó. Esto llevó a que la cantidad de trabajo “bajara repentinamente” y debiera volcarse a hacer más informes como arquitecto perito y trabajos pequeños.

“Yo tenía buenos ingresos y empezaron a menguar en más del 50%. Aguanté hasta 2011”, contó.

El arquitecto comentó que miró “algunos números” estadísticos del país y “parecían buenos”. Fue cuando decidió venir a Uruguay y dejar a su esposa y dos hijas, de 11 y 13 años, del otro lado del océano Atlántico, con la promesa de que volvería, al menos, cada Navidad. Hablar de ellas le hace cambiar la voz. “La llevo mal. No me gusta nada”, apuró un suspiro. El plan es el siguiente: si la relación con un estudio continúa después de que termine un edificio, ellas se vendrían para acá. Su esposa, auxiliar de arquitecto, está ahora desempleada. “Lo único que me tiene aquí es pensar que les puedo enviar algo de dinero y después que no me queda más remedio que quedarme”, agregó. ¿Y si no funciona? Buscará otro puerto. El 64% de los españoles que buscan empleo reconoce que estaría dispuesto a irse por necesidad, según datos recogidos por The Newtwork, una asociación que comprende a 50 portales de empleo. A menos  de un año de haber salido de Valencia, Valdeolmillos ya siente un fuerte desarraigo. “Soy consciente de que a lo mejor ahora va bien y en unos años puede ir mal. Pero a España la veo mal.

Desilusionado
El día que Roberto García, de 33 años, habló con El Observador iba en un ómnibus camino a su primera entrevista laboral. Es arquitecto, oriundo de Madrid, y empezó la búsqueda de empleo en febrero, dos meses antes de llegar a Montevideo. Hace cinco años que no tiene trabajo fijo. A medida que se fue paralizando la construcción en España, García debió rebuscárselas en otros rumbos. Un puesto de vendedor en una agencia de viajes le permitía “sobrevivir”. Entre medio se enamoró de una uruguaya. El pacto fue el siguiente: “Nos movíamos para el país donde el primero encontrara trabajo estable”. Y fue Uruguay, un país que conocía a través de la obra de Mario Benedetti y Juan Carlos Onetti y que pudo visitar brevemente hace unos cuantos años. “Estaba harto de que por mucho que amaras el lugar donde habías nacido, veías que no te iba a dar la oportunidad”, manifestó. La decisión no sorprendió a nadie que conociera. Casi todos sus amigos viven hoy fuera de España.

“España es un desastre. Creíamos que éramos una cosa y a lo mejor no la éramos. Parte de la culpa la tenemos nosotros, pero, sobre todo, la casta política que mira más por sus propios intereses de permanecer en el gobierno que por el interés general”, cuestionó.  De los uruguayos no tiene queja. Salvo que ningún bar da “una caña bien tirada”. El buen trato que recibe hace que se sienta menos inmigrante. “Me da un poco de vergüenza como país. Puedo decir que aquí me han tratado mejor de lo que a veces lo hemos tratado en España”, afirmó.

García cree que le fue bien en la entrevista y cruza los dedos para que lo llamen la próxima semana.

Roberto García
Madrileño en Montevideo desde abril
“Todo era dinero de mentira. Yo ponía el dinero para construir. El banco me daba el dinero que yo quería. Cuando ya no daba más hipotecas, se me cayeron todos los proyectos”
Carlos Barcelonés, radicado en Punta del Este

Fuente: elobservador.com.uy

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