Honor y gloria a los migrantes bolivianos

6 agosto, 2012

Imagen-Honor y gloria a los migrantes bolivianos

En más de 20 años de periodista-caminante he visto medio mundo, pero mi mayor orgullo es haber visto por aire, mar y tierra mi bello país: Bolivia.

Fui testigo de enormes emociones, como el retorno a la democracia en 1982, la clasificación al Mundial de Fútbol en 1994, las “marchas por la vida” de los indígenas y mineros o la indignación popular frente a gobiernos injustos, a los que se echó mediante el voto o la lucha en las calles.

He compartido el pan con mineros, agricultores, personas con discapacidad o niños lustrabotas para los que cada día era una lucha para sobrevivir. He visitado proyectos científicos y turísticos del Chapare o Santa Cruz, pero también he sobrevolado la zona en helicóptero, junto a patrullas que buscaban fábricas de droga que contaminaban el medio ambiente y el alma de la humanidad. He presenciado la discriminación camba-colla, pero también vi como ellos se ayudaban entre sí en los desastres nacionales o hacían un esfuerzo por conocerse de verdad, más allá de los discursos que instigaban el odio.

He sentido el frío de los nevados Chacaltaya o Illimani y el calor tremendo de las minas de oro de Araras en el Beni o en Cangallí en La Paz.

Casi al mismo tiempo, la vida me llevó a encontrar los mismos ojos, la misma piel y los mismos sentimientos fuera de mi país, desde Argentina, Estados Unidos o España, donde hay millones de inmigrantes, hasta Israel, donde unos cuantos se hacían respetar .

He podido publicar tres libros y el primero, de hace 15 años, mostraba la vida de cada uno de los compatriotas que encontraba casi por casualidad. Después vino el “boom” migratorio y tuve que hablar de “colectivos”, más que de personas individuales. No podía escribir más de un millón de páginas o de libros, aunque cada uno lo mereciera…

Y otra vez fui testigo de la lucha de los profesionales que trataban de abrirse paso o de obreros indocumentados. Dormí con ellos en los “pisos patera”, ocupados por seis o más personas, compartí sus temores por las redadas policiales, describí la explotación y abusos laborales y las estafas que sufrían de parte de los europeos, norteamericanos, latinos… y los mismos bolivianos. Fue tanta la migración que  alguna vez dije que Bolivia estaba “clonada” en el exterior y que habíamos traído nuestras virtudes y defectos como el regionalismo o el clasismo.

Pero la magia del fenómeno migratorio fue que aquí nos conocimos cara a cara. Gente que creía que el del otro lado de la montaña era un enemigo, se encontró con que “ese” era su compañero de trabajo, vivienda o buscaba un romance y que al final era un buen tipo.

En Alemania, una mujer cruceña me dijo que cuando escuchó a lo lejos una canción andina de artistas callejeros, corrió a escucharlos y sintió que esa era también “su” música. En Suiza y Holanda cada vez hay más “collas” bailando el carnavalito oriental en las comparsas carnavaleras….

Casi todos hemos disfrutado de la salteña, el fricasé, chicharrón, keperí, mondongo o hemos calmado la sed como el somó y el mockochinchi. La fe se ha fortalecido a través de las iglesias evangélicas o de las vírgenes de Urkupiña, Cotoca, el Socavón o de Copacabana.

Lo lindo de emigrar fue que también hemos aprendido a conocer a otros latinos, algunos supuestamente “enemigos”, y hemos compartido amores y experiencias con latinos y gente rubia y de ojos azules, que en nuestra infancia eran “príncipes y princesas” al parecer inalcanzables y que son de carne y hueso, con virtudes y defectos, como nosotros. Algunos tenemos hijos bi-nacionales en cuya sangre está nuestra  “raza de bronce”.

He visto a migrantes triunfadores que aseguraron su futuro con ahorros y el envío de remesas y a otros que no dudaban en pagar las cuentas luego de días de jarana al estilo latino. Hoy, esas miradas de confianza, otra vez y como una maldición, se han convertido en unas de frustración por la crisis, sobre todo en España.

El desempleo hace que, otra vez y otra vez usemos la imaginación para sobrevivir. Y muchos se preguntan: ¿valió la pena migrar?. Familias divididas, hijos que parecen extraños y el sentir que no somos de aquí ni de allá no nos dejan dormir.

Como narrador de la migración, quisiera concluir este libro de la vida con un “final felíz”, pero aún no es posible. Lo que sí estoy seguro es que nuestra sangre minera, agrícola, nuestra energía camba, colla y chapaca, nuestras valientes madres-mujeres no permitirán un triste desenlace.

Hoy que celebramos el aniversario de nuestra Madre, Bolivia, debemos renovar nuestros ideales, recordar los valores que nos inculcaron nuestros padres y aplicar la letra de nuestro Himno Nacional: Morir antes que esclavos vivir… (epu), edwinperezuber@yahoo.es ..

Fuente: aquilatinos.info

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