Espana: La crisis convierte en habitual la formula del alquiler compartido

29 octubre, 2012

Imagen-Espana: La crisis convierte en habitual la formula del alquiler compartido

 

Cada vez son más los propietarios e inquilinos que alquilan o subalquilan una habitación para pagar la vivienda. El perfil del inquilino cambia y los jóvenes de entre 18 y 25 años ya no representan el grupo mayoritario.

«Se alquila habitación en piso de 90 metros cuadrados en el centro de Tarragona. Con derecho a cocina y a utilizar las áreas comunes. 125 euros al mes. Teléfono: 639…..». Carteles con mensajes como este cuelgan de farolas, semáforos y paredes de comercios y bares de toda la ciudad, como una prueba inequívoca de que la fórmula del alquiler compartido cobra fuerza por imperativo económico.

En efecto, el recrudecimiento de la crisis ha hecho florecer una práctica que hace apenas unos años parecía exclusiva de estudiantes universitarios y de inmigrantes que llegaban con muy pocos recursos y alquilaban una habitación en casa de otros inmigrantes. Pero hoy el perfil, tanto del inquilino como del ‘alquilador’, ha cambiado.

Lo comprobamos llamando al teléfono que aparece en el cartel que abre este reportaje. Nos responde Luisa, una mujer de mediana edad divorciada desde hace dos años y que vive en el que un día fue el piso familiar con un hijo de siete años. «Tras el divorcio me quedé con el niño y la casa, pero también con una hipoteca de 550 euros al mes.

Cuando estaba casada nuestra situación económica era buena y no teníamos problemas para llegar a fin de mes. Pero la separación me ha empobrecido y necesito ayuda para pagar la hipoteca. Por eso alquilo una habitación. De esta forma puedo ayudar a alguien que necesite dónde vivir por poco dinero y para mí supone un ingreso extra». Luisa busca para su habitación a una chica, y asume que alquilar una parte de su casa significará algunas renuncias. «Prefiero perder intimidad que la casa», dice convencida. De hecho, no descarta alquilar otro cuarto. «Esta casa tiene cuatro habitaciones, por lo que aún me quedaría una vacía».

Llamamos a otro cartel y encontramos un perfil diferente. Se trata de Roberto, un joven soltero que vivía solo en un piso de alquiler. Le han rebajado el sueldo y ya no puede pagar en solitario el piso. «Vivir solo se ha convertido en un lujo que ya no puedo permitirme», dice con resignación. «Así que era realquilar una habitación o volver a casa de mis padres». Y ha optado por la primera opción.

Roberto, a diferencia de Luisa, no tiene problemas con el sexo de la persona que alquile su habitación. «Sólo pido que sea responsable y discreto, que no monte jaleos». Esto es primordial para él, pues se trata de un subalquiler del que el propietario del piso no tiene conocimiento.

 La edad aumenta

El alquiler compartido es una tendencia que se mueve en el terreno de lo sumergido, que no suele aflorar, dado que la mayoría de las transacciones se cierran entre particular y particular. Ello hace que sea muy difícil obtener cifras sobre su repercusión. No obstante, el portal web pisos.com pone sobre la mesa algunos datos, como que la edad de los inquilinos aumenta. Los jóvenes de 18 a 25 años ya no son el primer grupo que se decanta por esta fórmula, pues ha sido superado por la franja que va de los 26 a los 35 años. La crisis está posponiendo la edad de emancipación y aquellos que deciden independizarse lo hacen más tarde y cada vez más en un piso compartido, asegura la web.

Es el caso de Francesc, un tarraconense de 38 años. Con un trabajo que apuntaba «al cielo» y un muy buen sueldo, en 2003 se metió en una hipoteca de 150.000 euros. con su novia. Pero los planes se torcieron cuando la pareja rompió. Francesc se quedó con la casa y asumió toda la deuda –paga al banco 600 euros al mes–. Pero, como las desgracias nunca vienen solas, aquel empleo tan bueno demostró no ser tan estable. Su empresa cerró en 2009. Francesc ha conseguido otro trabajo, pero su sueldo actual ronda los mil euros. Hace un año, ya con el agua al cuello y los ahorros bajo mínimos, puso un cartel en una farola en el que anunciaba que alquilaba una habitación. Para su sorpresa, le llamó un conocido. «Ahora compartimos el piso como si fuésemos estudiantes y entre los dos pagamos la hipoteca».

La experiencia ha sido tan positiva que Francesc asegura que «aunque pudiera permitirme vivir solo, prefiero compartir el piso. No sólo por el dinero; es que es muy jodido llegar a casa y no poder compartir el día con nadie».

Pero el caso de Francesc es una excepción. La mayoría de la gente que escoge esta fórmula de vivienda no lo hace de forma voluntaria, sino obligada por la situación económica.

Se trata de jóvenes y no tan jóvenes con contratos temporales o precarios, divorciados o incluso parejas con alguno de los dos miembros en paro que necesitan el dinero para poder pagar la hipoteca y no perder el piso. «No hay que olvidar que detrás de todas las cifras que se dan sobre la vivienda existen vidas e historias personales muy crudas», dice el propietario de un piso que tiene un inquilino que le ha pedido permiso para realquilar una habitación.

Fuente: diaridetarragona.com

 

 

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