Condenar a trabajos forzados a comandantes de guerra: a construir paz, Por Arturo Prado Lima

28 marzo, 2013

Imagen-Condenar a trabajos forzados a comandantes de guerra: a construir paz, Por Arturo Prado Lima

La guerra es una cárcel. Es una prisión de por sí. Quienes hacen la guerra lo saben. Quienes la sufren también. Victimarios y víctimas cargan una prisión portátil desde hace 50 años.

Es la lógica en tiempos de guerras abiertas o solapadas, legales o ilegales, justas o injustas, regulares o irregulares. Y las guerras se dirimen con unas tácticas y unas estra6tégias concretas. La meta es la victoria. Es la destrucción del otro. Y los medios para lograr la destrucción del otro son la violencia, el miedo, el acoso, la desmoralización del otro, la muerte del otro. De tal manera que una parte del país intimida a la otra parte. La cerca, la hostiga. Y la otra parte responde con la misma moneda.

Colombia es una inmensa cárcel. 45 millones de reclusos deambulan entre las cuatro paredes de la dantesca prisión. 45 millones de ser humanos sufren el acoso diario de los fusiles. Detrás de cada sueños hay unas rejas. Detrás de cada proyecto de vida hay un francotirador.

La guerra es una cárcel. En Colombia la guerra amenaza con ganarle la partida a la inteligencia. Aun así vamos por el mundo diciendo que somos listos. Hemos hecho de la guerra una empresa privada y vamos por la vida orgullosos de nuestro gran país.

Hemos puestos los votos, la democracia y los fusiles al servicio de la guerra y nos jactamos de ello. Hemos puesto la moral, la política, la religión, los medios de comunicación y hasta la literatura al servicio de la guerra y vamos por todas partes preciándonos de nuestra osadía. Apostamos fuerte por nuestro talante demócrata mientras chuzamos los teléfonos de los otros.

Presentamos al mundo rimeros de cadáveres y reclamamos la comprensión hacia nosotros y la condena para el otro. Llevamos a votar al indefenso pueblo con una pistola en la nuca, alteramos la realidad a punta de bala y reclamamos el respeto democrático del mundo. Buscamos el apoyo del Congreso Norteamericano para hacer la guerra al mismo tiempo que hacemos lobby en Oslo para que nos otorguen el Premio Novel de la Paz.

Así vamos, con una mano agarramos la gloria y con la otra apoyamos a los mercenarios que con sierra en mano siembran el terror el las palazas de nuestros pueblos.

En fin. Somos presos del terror de la guerra y hay que ponerle fin. Hoy por hoy, el único camino posible son los diálogos de La Habana. Ellos no deben fracasar porque una de las partes exige que los comandantes de la otra parte paguen con otra cárcel después de que dejen la cárcel de la guerra en la se han metido. Ese círculo vicioso de que el otro pague por todo debe acabarse. Hay que meterle ingeniería humana y pueblo raso a la inteligencia de la paz. De otro modo, terminaremos acostúmbranos a los azares de la guerra y esto sí que es una condena a cadena perpetua.

Porque si a eso vamos, a condenar al otro, ¿en qué pararía todo esto? ¿Me pregunto si Álvaro Uribe Vélez, Andrés pastrana Arango, Juan Manuel Santos, Timochenko, Gabino, y los que los secundan estarían dispuesto a sentarse en el banquillo de los acusados de un tribunal nacional o internacional por los crímenes de guerra que supuestamente han cometido? ¿No, verdad? Todos quieren que sea el otro. Porque el criminal es el otro. El terrorista es el otro. El culpable es el otro.

Los comandantes de la guerra son eso: comandantes de ejércitos que luchan por aniquilar al otro a nombre del pueblo. A nombre de la paz. Pero las causas que originaron esta hecatombe no han desaparecido después de medio siglo de guerra. Esto es lo que hay que resaltar. Lo que hay que ver. Lo que hay que oír, lo que hay que palpar, lo que hay que sentir.

Y si la guerra no ha sido el medio para acabar con las causas del conflicto, entonces debemos concluir que el otro camino es la paz. Y hay que hacerla. Y claro, hay que condenar a los culpables, estoy de acuerdo: hay que condenarlos a trabajos forzados: la construcción de la paz. Condenarlos a liberar al pueblo colombiano del horror de la guerra.

¿Para que les damos el premio de la seguridad de una prisión? ¿Es justo que quienes encarcelaron al pueblo colombiano en una guerra sin cuartel, pasen sus últimos años entre las paredes de una celda de “Alta Seguridad?

No. No es justo. La sociedad tiene que condenarlos a TRABAJOS FORZADOS, con mayúsculas: ¿O no es un trabajo forzado en Colombia atreverse a construir la paz? A eso se los debe condenar, a construir la paz, a construir un país, una nacionalidad. A construir una patria fuerte y democrática. A darle contenido a la paz con justicia social para que nunca más vuelva a repetirse esta tragedia nacional.

Por: Arturo Prado Lima

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Fuente: soyperiodista.com

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