Las turcas y el amor, Por Arturo Prado Lima

8 abril, 2013

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En la primera estación de Metro, después del Aeropuerto Tegel, de Berlín, una mujer rubia, de ojos irreales y muslos imposibles, piel de alguna divinidad extraviada en la memoria de los hombres, se prende a los labios de su hombre.

Lo ciñe por el cuello. El, resbala sus manos por las pendientes y llanuras verticales de la piel, desciende a la cintura, a las caderas, a los muslos y, con la velocidad de la nostalgia en ciernes, le sube la minifalda azul a la cintura.

Ella suelta un lamento feliz que se da bruces contra los anteojos, los avisos publicitarios y los rieles y se pierde por la oscuridad profunda del túnel. Hay un sitio en el mundo donde no existe el mundo.

Dos turcas, con atuendos turcos, escandalizadas y creyéndola víctima de una dicha ciega, tratan de llamar a la policía para que la vengue de aquella súbita misericordia de la carne. Jaime, el pintor, les arranca el teléfono móvil de las manos y pide apoyo a los curiosos para expulsar a las dos mujeres de la estación: “No se puede permitir que las turcas aun le tengan miedo a la desnudez del amor”, grita.

Fuera de la estación, en la calle, está lloviendo a mares, pero los pasajeros, y nosotros, preferimos cargar las maletas y escoltar a las turcas hasta la próxima estación.

Por Arturo Prado Lima

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