Madrid: El caso Josephine Thomas

9 abril, 2013

Imagen-Madrid: El caso Josephine Thomas

Josephine Thomas, estuvo 29 días encerrada en las dependencias policiales del Aeropuerto de Barajas, en Madrid.

Fue encerrada en el intento de solicitar asilo.

Josephine estuvo casi un mes sometida a numerosos interrogatorios y privada de libertad en el recinto policial ubicado en un edificio satélite de la Terminal 4 del aeropuerto.

Al ser detenida en el puesto fronterizo solicitó protección internacional. Pero en el intento de ejercer su derecho a solicitar asilo fue encerrada. A pesar de que la Ley de Asilo establece, en los artículos 21 y 22, un total de ocho días de permanencia en las dependencias habilitadas para la solicitud en frontera, Josephine estuvo casi un mes sometida a numerosos interrogatorios y privada de libertad en el recinto policial ubicado en un edificio satélite de la Terminal 4 del aeropuerto. Ahí esperan, sin posibilidad alguna de salir, las personas solicitantes de asilo.

Aeropuerto de Barajas: un centro de detención

En la Terminal 4 del aeropuerto no hay un sólo cartel, nada que llame la atención, ninguna señal que indique lo que hay detrás de una puerta metálica al final de la planta baja. Nadie imagina que ahí se ubica un centro de detención. Tras esa puerta lo primero que aparece es una oficina de la Policía Nacional, una sala de tabiques azules prefabricados y mesas blancas donde se gestionan los expedientes de regreso de quienes no podrán cruzar la frontera. Aquí empieza el camino de vuelta de “los inadmitidos”. A la derecha de esas mesas, una primera puerta de cristal conduce hacia un pasillo donde hay dos habitaciones vacías, sin nada, especialmente sin esas cámaras de control que inundan todas las demás dependencias, esos ojos que todo lo ven y guardan constancia de todo. O no todo.

Detrás de la segunda puerta de cristal está la “Sala de Rechazados”, como se conoce a la dependencia en la que se encuentran todas las personas a quienes se les ha negado el ingreso al territorio español. Una sala fría, silenciosa, con inquilinos e inquilinas de diferentes nacionalidades, a quienes se les negó el ingreso en España de forma totalmente aleatoria, y que son desahuciados cada día. Cruzando esa sala, donde no se permite hablar con nadie, hay un estrecho corredor que termina en una nueva puerta de cristal con un cierre electrónico de alta seguridad que conduce a la que fue la cárcel de Josephine.

La sala, de unos 25 metros cuadrados, también de tabiques azules prefabricados, no tiene una sola ventana. Las tres habitaciones, todas sin luz ni aire naturales, tienen repartidas literas para 28 personas. Al lado de esas habitaciones están los dos despachos, que no superan los 2,5 x 2,5 metros cuadrados, destinados para las entrevistas de asilo. El siguiente es un despacho de Cruz Roja, sus dos empleadas son las encargadas de atender las necesidades básicas de las personas solicitantes. Y finalmente están los lavabos y las duchas, que tienen enfrente tienen dos teléfonos públicos para que las personas detenidas puedan comunicarse con el exterior, si tienen dinero. En mitad de la sala principal hay un televisor que suena a todas horas en un idioma que la mayoría de las personas ahí encerradas no entiende. Al lado de la mesa blanca donde se come, hay otra mesa, mucho más pequeña, de colores, en ella juegan y comen las niñas y los niños recluidos.

La única decoración de esta sala es obra de las personas que durante los últimos cinco años han pasado por ahí: dibujos de todo tipo, banderas, retratos, consignas y palabras de esperanza y de solidaridad, en diferentes idiomas, componen ese mosaico de papel que altera ligeramente la monotonía de las paredes azules.

En los 29 días que Josephine estuvo encerrada, pintó muchas veces, pero sólo quiso que se colgaran dos de sus dibujos, muy parecidos, con una cruz enorme que ocupa casi toda la hoja de papel con un mensaje a Dios y a las trabajadoras de Cruz Roja.

No existen espacios intermedios entre libertad y detención

Si Josephine hubiese sido una criminal condenada habría tenido derechos irrenunciables que ahí, en esa sala, como solicitante de protección internacional por su condición de menor víctima de trata, no tenía. Entre otros, le estaba negado el derecho a recibir visitas de familiares o de su abogado. Ni siquiera pudo disponer de una celda individual que preservara su intimidad, con ventilación y luz naturales, con mobiliario suficiente para hacerla un espacio habitable, con servicios higiénicos. Cualquier persona cumpliendo condena habría tenido garantizados derechos básicos como disponer de la ropa necesaria para su cama y uso personal, y de un lugar adecuado para guardar sus pertenencias. Y, por supuesto, habría podido participar de las actividades del propio centro de reclusión y hasta trabajar y cotizar para la Seguridad Social.

Incluso, las personas encerradas en los Centros de Internamiento para personas Extranjeras (CIE), a punto de ser expulsadas a causa de alguna infracción administrativa grave de la Ley de Extranjería, pueden recibir visitas de organizaciones especializadas, de familiares y amigos. Pueden hablar, en todo momento, con su abogado, en un espacio reservado y también tienen derecho a ponerse en contacto con el consulado de su país. Incluso tienen la posibilidad de interponer quejas por el funcionamiento del centro y saben que existe un plazo definido que no puede superar los 60 días de detención.

Ninguno de esos derechos está regulado en el centro de detención del Aeropuerto de Barajas que gestiona la Unidad Central de Fronteras.

En 1995, el Defensor del Pueblo, basándose en la jurisprudencia europea que sostiene que no existe espacio intermedio entre la libertad y la detención, presentó un recurso de inconstitucionalidad que sostenía que la detención de las personas solicitantes de asilo no debería superar las 72 horas, como ordena el artículo 17.2 de la Constitución Española respecto a la detención preventiva. Pero, en 2002, el Tribunal Constitucional entendió que sí existe ese “espacio intermedio” y otorgó su plácet a la Ley de Asilo manteniendo así los ocho días que puede permanecer detenida una persona solicitante. Sin embargo, la sentencia fue muy clara al recoger que la privación de libertad a la que estaban sometidas las personas solicitantes de asilo en puestos fronterizos era de naturaleza diferente a la privación de libertad penal. Esta diferencia obligaba a la Administración a habilitar dependencias adecuadas para la espera, que no la detención, de las y los solicitantes de asilo.

Han pasado más de diez años desde esta sentencia y ninguna normativa, ni siquiera de rango menor, ha regulado el funcionamiento de las dependencias adecuadas ni los derechos y deberes de las personas privadas de libertad por ser solicitantes de protección internacional. Nada. Vacío absoluto. Ni siquiera existe un pronunciamiento oficial sobre lo que se entiende por dependencias adecuadas.

La arbitrariedad de la privación de libertad de manera indefinida, así como el trato indiferenciado respecto a la detención penal, quedan patentes en la resolución que denegó a Josephine el traslado a unas dependencias habilitadas para estancias largas, cuando ya llevaba más de 20 días recluida en Barajas. En dicha resolución el juez Adolfo Carretero Sánchez afirmó: “No parece necesario el traslado de la citada señora a otras dependencias por cuanto que en el lugar donde se encuentra en la actualidad, puede ser atendida regularmente por los servicios sociales y por la Cruz Roja, evitando que pueda sustraerse al cumplimiento de la resolución que adopte la Audiencia Nacional, ya que otro lugar, exigiría el mantenimiento de una vigilancia permanente y además garantizaría menos control [policial] de la extranjera.”

Interrogatorios, desnudez, exploración genital: sin derecho a decir no

La  Oficina del Defensor del Pueblo, que se manifestó ampliamente respecto a este caso, también denunció que Josephine no había podido comprender las entrevistas que se le hicieron desde que fue detenida porque no contó con interpréte en todo el proceso. Y a pesar de que la asistían los derechos a cesar las entrevistas cuando quisiera y a otorgar o negar el consentimiento para realizarlas, ninguno de los dos le fue respetado. Ni siquiera llegó a conocer la existencia de tales derechos. No pudo finalizar uno sólo de los interrogatorios aunque, en más de una ocasión, rogó y suplicó para que no le hicieran más preguntas a las que no podía responder.

Al alegar que era menor, fue sometida, sin posibilidad de negarse, a diferentes pruebas para la determinación de la edad, entre ellas, la exploración física de sus genitales externos. Este tipo de exploración genital ha sido denunciada como no concluyente y de muy poca utilidad como indicador de la edad a través de numerosos informes, entre ellos: “Menores o adultos. Procedimientos para la determinación de la edad” de la Oficina del Defensor del Pueblo y “Forensic age estimation of live adolescents and young adults”, de Andreas Schmeling, del Instituto Médico Forense de Medicina Legal de Münster, Alemania.

Otorgó, formalmente, su consentimiento para la realización de las pruebas, sí. Pero no puede decirse que es consentimiento informado porque no hubo un intérprete presente. Ella no entendía el significado de estas pruebas, tampoco el de los documentos que firmaba. Simplemente obedeció porque no vislumbraba otra opción. En ningún momento se tomó en cuenta que había sido agredida sexualmente en varias ocasiones, a pesar de que el Comité de Derechos del Niño, en su Observación General nº 6, insiste en que la evaluación respecto de la determinación de la edad “deberá realizarse con criterios científicos, seguridad e imparcialidad, atendiendo al interés del menor y a consideraciones de género, evitando todo riesgo de violación de su integridad física, respetando debidamente su dignidad humana”.

Ante la ausencia de utilidad clara de este tipo de pruebas, frente al Derecho a Ser Escuchado, que incluye tener un conocimiento informado, así como frente al Derecho a la Intimidad, cabe preguntarse: ¿la exploración arbitraria de los genitales, por motivos administrativos, es una agresión sexual más?

Sin libertad más allá del encierro

Antes de viajar a Europa, donde el tratante le aseguró que tendría una vida mejor y que podría hacer realidad sus sueños, había una condición: Josephine debía ir con él a la ciudad de Ekpoma para sellar un pacto ante el juju. La experta de la Oficina del Defensor del Pueblo que entrevistó a Josephine relató que al momento de preguntarle sobe esto: “Se derrumba y empieza a llorar, dice que tiene muchísimo miedo, que el juju puede matarla porque está hablando de esto y ha roto el pacto. Que el «juju» es muy poderoso y que tiene poder sobre el que cree en él. En ese momento me pide que recemos juntas porque sólo Dios es más poderoso que el «juju» y la puede proteger en esos momentos.”

El juju es un poderoso elemento instrumentalizado en la captación y coacción de las personas destinadas a la trata que proceden de Edo State, uno de los estados interiores de Nigeria. Las víctimas creen firmemente en los seres míticos de sus tradiciones ancestrales. Están convencidas de que le pertenecen al tratante y de que si no saldan la deuda que han contraído con él, el juju las matará a ellas y a sus familias.

La experta de la Oficina del Defensor del Pueblo también aseguró que Josephine no había podido hablar en todas las entrevistas anteriores sobre el juju, por el pánico que le producía: “Ha necesitado rezar antes de la última declaración a la policía para poder declarar sobre la ceremonia. Necesitará un proceso acompañada de especialistas para poder superar las secuelas de este tipo de reclutamiento.”

Desde que, en 2011, conocí esta historia y puse en contacto al entonces Delegado del Gobierno para la Violencia de Género y al abogado de Josephine, no había tenido oportunidad de escucharla. Estudié cientos de folios sobre su caso y quería saber lo que ella pensaba, pero siempre me encontraba con su hartazgo frente a las preguntas, frente a la obligatoriedad de dar respuestas.

Con el apoyo de Proyecto Esperanza, por fin pude conocerla, cuando ella quiso hablar de lo sucedido. Le había hecho saber que no le haría más preguntas de tipo policial. Ella sabía que yo conocía los detalles de su caso. No hubo necesidad de preguntar mucho. Con una claridad de ideas que ya había deslumbrado a todas las personas que la conocen y con esa fuerza de quienes lo han sobrevivido casi todo empezó:

JT: Cuando escucho la palabra Barajas me siento muy deprimida y triste. Si no hubiera sido por las mujeres de Cruz Roja tal vez habría muerto ahí de la depresión porque la policía me hizo entender que pueden encerrar a alguien y mantenerlo ahí como un prisionero… es muy injusto. Aparte de todos los interrogatorios, incluso le permitieron a un policía rumano que entrara a hacerme preguntas.

Un día, les rogué que me dejaran ver el sol. Estuvieron de acuerdo, pero sólo a través del cristal. Habían pasado tantas semanas… Cuando lo vi lloré.

MH: ¿Qué ocurrió antes de llegar a Barajas? ¿Quieres compartir algo al respecto?

JT: Déjame decirte, cuando él [el tratante] me llevó a la parte norte de Europa, conocí a Moshud. Él me pegó, se acostó conmigo y me apuñaló. Cuando llegaba hacía lo que le daba la gana conmigo. Así fue todo el camino hasta España, no tenia opción. No tienes opción. Fue horrible. No se cómo decirlo para que entiendan lo duro y frustrante que fue. Los golpes y las puñaladas, algo en lo que ni siquiera quieres pensar.

Lo más duro era estar tan sola, no poder hablar con nadie. Fue un largo viaje y muy duro. En aquel momento pensé que moriría. Pero entonces sentí a Dios, lo sentí. Me recuperé, pero fue un infierno.

MH: Vine sólo para conocerte, pero ¿quieres comentar algo que es importante para ti y que a pesar de tantas preguntas aún no has dicho?

JT:  Sí. En la trata, a veces las personas, perdón por el uso de esta palabra, los blancos, no entienden por qué nosotros, los negros, en especial la gente de mi país, venimos aquí y por qué estamos aquí aunque nuestras familias estan allá. Esto me duele. Las autoridades piensan que no decimos la verdad. Quisiera que pudieran entender que mientras yo estaba allá sufriendo, pensé había conocido a un enviado de Dios. Nunca pensé que él [el tratante] quería aprovecharse. Como cuando estaba sola en Barajas y vino mi abogado, para mí es un enviado de Dios.

Si una persona llega y te dice: “Te ayudaré si consigues euros. Puedes tener una mejor vida, puedes estudiar. Si quieres trabajar en la calle yo te ayudaré.” No puedes distinguir la realidad, sólo quieres ayuda porque eres una persona sufriendo.

Como no piensas que estás bajo su poder, vas y haces el juramento porque tendrás una mejor vida. Ellos te aseguran: “Si estás en la calle me puedes pagar lo que me debes porque es un trabajo con mucho dinero.” Después, te obligan a ese juramento que los blancos no entienden. Durante el juramento te obligan a hacer muchas cosas, como beber la sangre de la matanza del gallo. Y otras cosas que yo no sabía… y te obligan a repetir frases y a jurar. Nosotros creemos en los espíritus, creemos que existen. Creeemos en los juramentos y sentimos que los espíritus están detrás de ellos y que si fallas en cumplir el juramento entonces te volveras loco o morirás.

Yo ni siquiera sabía cuánto eran 50 mil euros porque nunca había estado en Europa. Tampoco sabía cómo iba a conseguir el dinero.

Cuando llegas aquí te enteras de que no es el tipo de trabajo que te prometieron, pero ¡estás tan asustada! Porque te han dejado claro que son mafias, que cualquier cosa te podría pasar aquí y que si hablas te matarán. Así que vives con miedo y sólo te queda ceder. Y ahí te ves a ti misma prostituyéndote, sólo para poder pagarles el dinero.

Haciendo esto también ves cómo golpean y encierran a muchos niños, a muchas mujeres. Son sus prisioneros. Yo pensaba que la esclavitud se había abolido hace años, pero ni siquiera podía llamar por teléfono. Llegas incluso a pensar que el único momento en el que eres libre es cuando los hombres llegan y se acuestan contigo… El miedo de que te maten siempre está, siempre.

MH: ¿Qué ha significado para ti el contacto con organizaciones como Proyecto Esperanza y CEAR?

JT: Déjame empezar con CEAR, mi abogado probó que era ¿cómo se dice?, que es un humanista… Y Proyecto es mi familia. Son el cuidado maternal y paternal para mí. No les veo como una organización, les veo como una familia.

MH: ¿Qué piensas de que tu caso aparezca en los medios, en las noticias?

JT: No me siento mal, porque algo pasa allí. Algo que las personas no conocen y es bueno que las personas sepan que esto existe y que esto está pasando.

MH: ¿Cómo estás ahora? ¿Cómo es tu vida ahora?

Soy feliz cuando no pienso en el pasado. Pero a veces no lo puedo evitar. Cuando pienso en el pasado me siento muy mal.

MH: Leí sobre tu sueño de ir a la escuela…

JT: Sí, sí. Siempre soñé con llegar a ser abogada. No he podido lograrlo porque lo dejé en la secundaria.  Pero le doy gracias a Dios porque tuve la posibilidad de aprender a leer y escribir. También fue muy difícil… Ahora voy a la escuela de español para aprender el idioma de aquí.

MH: ¿Quieres hablarme de tus planes de futuro?

JT: Todos dicen siempre quiero esto, quiero aquello, quiero ser esto, quiero, quiero…  Yo sólo me veo viviendo como una mujer feliz.

Mientras los dos dibujos de Josephine continúan colgados en las paredes de esa cárcel sin normas, el silencio sobre ese centro de detención en las instalaciones aeroportuarias se mantiene. Lo que sucede ahí, ahí se queda, a criterio generalmente policial.

Fuente: periodismohumano.com

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