Fusil, clandestinizacion y nombre de guerra: tres formas de morir por Arturo Prado Lima

2 mayo, 2013

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Por Arturo Prado Lima

También habría podido terminar el título de esta nota con “tres formas de nacer”.

Son la misma cosa. Dialécticamente hablando, cuando uno nace empieza a morir. Incluso antes.  Los colombianos, latinoamericanos y del mundo entero, expectantes como estamos por el desarrollo del proceso de paz, debemos reflexionar sobre la realidad concreta que nos espera si las negociaciones llegan a un feliz término, como lo esperamos todos.

Uno de los retos inmediatos es cómo asumir la desclandestinización del “otro”, el desarme y la abolición del nombre de guerra.

Porque, tantos años de guerra en la clandestinidad, asumiendo la identidad de un guerrero y protegido por una arma, habrán forjado, al rojo vivo, una personalidad artificial, en todo caso, “mientras dure la guerra”. El inicio de la construcción de la paz, que en Colombia será otra guerra sin cuartel, tiene que hacerse sin estas tres categorías, es decir, sin el fusil, la clandestinidad y el seudónimo, de una parte, y el monopolio de las armas, la presencia concreta del Estado en todos los sectores de la vida nacional y siempre llamando las cosas por su nombre por parte de la “legalidad institucional”. De las tres primeras categorías dependió la seguridad, la vida, el accionar militar y el goce profundo de estar luchando por la liberación de un pueblo.

La psicoanalista María Clemencia Castro, de la Universidad Nacional de Colombia, publicó en el año 2.000 el libro “Del ideal y el goce, lógicas de subjetividad de la guerrilla y avatares en el paso a la vida civil”. Un libro que hoy debería imprimirse y distribuirse a nivel masivo para entender mejor el proceso que se nos avecina.

Hablé con ella en una cafetería de Madrid, por los tiempos que promocionaba su libro en Europa. No recuerdo las preguntas que le hice, pero sé que las respuestas a todos los interrogantes de nuestra sociedad sobre estos temas están en su libro. Sobre el fusil dice ella: “A más de renunciar a su inmortalidad, el pasaje a la vida civil implica devenir desarmado, poniendo en juego una pérdida. El arma es uno de los emblemas de poder que bajo el soporte del ideal da soporte al sujeto. Por eso, cuando se procede a la dejación de armas lo que se entrega no son pedazos de metal, sino vidas… muertos… recuerdos…el orgullo mismo… el emblema del combatiente, el motivo de dignidad”.

Sí, he hablado con muchos excombatientes al respecto. El fusil durante una guerra prolongada, como la colombiana, se convierte en extensión de los brazos, de la mente, de la vida misma. Entregar el arma es mutilarse, es suicidarse. Entregar el seudónimo es un doloroso proceso de arrancarse el rostro. Salir de la clandestinidad es ponerse a punta de tiro del enemigo. Y hay que hacerlo. No queda otro remedio. Así como en un momento dado se asumió la guerra y se aceptó sus requisitos a nombre del pueblo, ahora hay que proceder en consecuencia a nombre del fin del conflicto y del pueblo que representan.

La sociedad, pues, recibe a un ejército de mutilados (hablo metafóricamente), que sale de un escondite, es decir, de la clandestinidad, dejando en las marañas de la selva su identidad de guerra, su rango, su pertenencia a un cuerpo y un ideal más grande que su individualidad: el grupo. A partir de la dejación de armas dejan la seguridad del colectivo armado para adentrarse en el terreno movedizo de la inseguridad, de la competencia a muerte que es el capitalismo, al abismo del sálvense quien pueda, a los azares de un país que tal vez no está en condiciones de comprender estos avatares de guerra y paz.

Y no entender además que  estos hombres y mujeres  dejan sus armas, su clandestinidad, su anonimato pero no su ideal. El ideal sigue latente, sólo renuncian a conseguirlo a través de la vía armada.

El problema en Colombia ha sido que todos aquellos que han abandonado las armas y se han incorporado a la lucha política, salvo excepciones, han sido liquidados, asesinados a mansalva por el régimen. Es por eso que ahora, echando mano de la experiencia histórica, la sociedad colombiana debe saber tratar estos temas, y los posibles ex combatientes, autoanalizar la situación. Habrá que preguntarse entonces con qué vamos a reemplazar estos tres elementos que termina siendo cuatro si incorporamos “al colectivo” como parte de su seguridad y su vida, elementos que constituyen  la fuerza básica de las guerrillas.

Pues bien. No es fácil. Para decir algo, habría que dinamizar un proceso para reemplazar el fusil por las plazas públicas. La clandestinidad por el reconocimiento de su presencia como actor político legítimo, el nombre de guerra por su nombre verdadero y el colectivo por una sociedad madura, esa misma sociedad de donde partió para combatirla.

Leyendo y releyendo el libro de María Clemencia Castro, uno se da cuenta de cuánto hay que profundizar todavía para comprender mejor estos complejos procesos para evitar su fracaso. Ese es el deber de una sociedad responsable y un gobierno digno de ella. No es por tanto, el facilismo de los guerreristas, estilo  Álvaro Uribe Vélez: acabar con la aposición armada, incluso civil, a través de las armas. Eso es irresponsabilidad.

He aquí una de las primeras equivocaciones que maneja el gobierno en el actual proceso de diálogo que se desarrolla en La Habana: ponerle fecha a los acuerdos. Como si de algo mecánico se tratara, exige también la disolución de las organizaciones rebeldes. Mantener sus estructuras básicas sería lo ideal. Así se evitaría la dispersión, tanto grupal como individual. No hay que olvidar que estos combatientes se han forjado en un clima de hermandad y solidaridad, donde la organización es responsable de su alimentación, de sus actos, de sus vidas y que llegan a una sociedad donde el sálvese quien pueda es una realidad tangible.

Pero las organizaciones hay que disolverlas, según el esquema del gobierno, entregar las armas  y, en muchos casos, pagar prisión por los “crímenes” cometidos durante los cincuenta años de conflicto armado. ¿Verdad que hace falta mucha reflexión al respecto?. El libro de María Clemencia es clave para razonar sobre estos temas. El libro nos aclara que el fusil, la clandestinidad y el nombre de guerra en un proceso de desmovilización, son tres formas de morir, pero también tres formas de nacer.

No se trata, de que la sociedad, guiada por su gobierno, se apreste a recibir hombres y mujeres arrepentidos, pues no vienen a mostrar la otra mejilla o a pagar sus actos en las cárceles del régimen. No. Vienen con el ideal completo, y hasta reforzado mediante la legitimación de la firma de un acuerdo de paz, que es el reconocimiento pleno de su existencia y su aspiración a dirigir la sociedad e imponer sus políticas económicas, políticas, sociales y culturales. Vienen a que las urnas los legitimen completamente. Y eso es, precisamente, lo que los señores de la guerra no quieren entender.

@arturopradolima

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