Infiltracion por Arturo Prado Lima

7 mayo, 2013

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Por Arturo Prado Lima

Los 194 legionarios marchaban por ríos y montañas atrapando peces de agua y aplastando hojas secas de sus calendarios más recónditos. De pronto, Tito, el comandante, dijo: “tú y tú y tú. ¡Ha!, y tú también”.

En aquel momento, el corazón rodó por los huesos rotos de la tropa. Les quitaron los fusiles, el uniforme, las esperanzas y el nombre y los fusilaron contra la pared de un cementerio de pueblo de sombra adolescentes, al tiempo que la población huía horrorizada. Al otro día, Tito dijo: “Tú y tú y tú y tú. ¡Ha!, y aquel”. Entonces los demás, con la nostalgia firme y el alma derrumbándose por abismos de crepúsculos mujeriles, les quitaron la risa, el semblante y los sueños y los ahorcaron con una cuerda de nylon, apretando el cuello contra una Ceiba paralizada por el pánico de la muerte.

En los días siguientes, los que desarmaron y mataron fueron desarmados y desnucados, envenenados, lapidados, en una palabra, asesinados. Al otro día, los verdugos eran las víctimas. Y nada más. Con los últimos prisioneros, amarrados y encadenados por los pies, las manos y el cuello, recorrieron montañas adentro y montañas afuera.

Cuando 171 legionarios habían sido sacrificados acusados de ser infiltrados del ejército enemigo, los últimos, en el postrero instante de la vida, antes de ser decapitados, se dieron cuenta que el único infiltrado era el comandante Tito. Pero casi toda la compañía estaba bajo tierra, y ellos lo estarían en segundos.

@arturopradolima

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