“En Europa hablan de crisis, pero siempre sera mejor que vivir tirados en este bosque y mendigar para comer”

21 junio, 2013

Imagen-“En Europa hablan de crisis, pero siempre sera mejor que vivir tirados en este bosque y mendigar para comer”

Valla de Melilla

Huérfana, viuda y madre de cuatro pequeños, Aissatou, liberiana de 30 años, sobrevive -sin papeles, sin dinero y sin miedo- desde hace más de cuatro meses en los campamentos del Gurugú.

Es la única mujer entre más de 200 hombres que esperan su oportunidad para saltar la valla de Melilla.

Ella es consciente de que no podrá superar esa barrera con sus cuatro hijos pero no pierde la esperanza de dar a sus retoños una vida mejor que la que ella ha llevado.

Nada más llegar nos saluda con especial cariño, nos acondiciona un lugar para sentarnos y nos invita a que nos quedemos a cenar un poco de revuelto de legumbres que andan cociéndose en la cazuela.

Todo está meticulosamente ordenado y distribuido de la forma más eficiente. Junto a la entrada de la casa está el asiento principal, ocupado por ella, y un Corán que dice leer con frecuencia.

El pequeño Mohamed, de poco más de dos años, no deja de corretear a nuestro alrededor, mientras se van agolpando jóvenes en las inmediaciones de la finca. Unos pocos se acercan al calor del fuego, otros esperan que termine de hacerse la cena, y alguno simplemente escucha, está pendiente de lo que ocurre o juega y se divierte con el niño y sus cacharros.

Tras horas de caminata por las laderas más escarpadas de los bosques marroquíes que bordean Melilla, en medio de lo más sombrío, abrupto y yermo de las lomas, por un momento tienes la sensación de estar en un hogar, de sentirte como si departieras en casa de un familiar. Alrededor, más de doscientas historias cargadas a la par de miseria y esperanza; más de doscientas vidas que esperan su momento para jugársela a cara o cruz cruzando una injusta valla.

La artífice de este milagro es Aissatou, la única mujer de todos los campamentos del monte Gurugú, que con su fuerza y religiosidad se ha convertido en una matriarca, ya no sólo para sus cuatro retoños que la acompañan, sino para todos aquellos que allí residen y que han dejado atrás a novias, mujeres, madres y hermanas.

La vida de Aissatou es una verdadera historia de superación; un tener que reinventarse a cada contratiempo que la subsistencia le ha ido poniendo en lo largo de su arduo caminar. Según nos cuenta, es liberiana de nacimiento, huye a Costa de Marfil con tan sólo siete años después de que el 20 de junio de 1990 sus padres fueran degollados en su presencia durante la Primera Guerra Civil de Liberia (1989-1996).

Huérfana, pobre y refugiada, sufre abusos constantes hasta que siendo adolescente conoce a su marido, un militar con el que se casa en un país inmerso en una encarnizada guerra civil (2002-2007).

Antes de que terminen las hostilidades nacerá su primera hija, Khadija, y con ella vendrán tiempos de paz en los que Aissatou traerá al mundo otros dos chiquillos: Abdellah y Omar.

Estando embarazada del cuarto hijo, se desata la Segunda Guerra Civil marfileña (2011). Una cruel batalla racial en la que Aissatou quedará viuda: “Mataron a mi marido sólo por trabajar para el Gobierno. Le torturaron y le maltrataron antes de cortarle las venas y dejar que se desangrara durante horas. Fue horrible”.

No tenía a nadie. Se acababa de quedar sola con un bebé recién nacido, que ya no conocería a su padre, y con otros tres chiquillos de corta edad. Carecía de ingresos, no había quien pudiera ayudarle y el desasosiego constante de que alguna de las masacres que se sucedían en todo el país pudiera hacer más daño a los suyos rondaba su cabeza día y noche. Así que vendió lo poco que tenía y se dispuso a realizar un largo viaje: “No quería que mis hijos vivieran lo que yo viví. No quería que acabaran como su padre. Puede parecer irresponsable estar ahora aquí pero estamos vivos y muy cerca de nuestros sueños. Si nos hubiéramos quedado, a lo mejor ahora no podría estar contándolo”.

Salió de Costa de Marfil y durante veinticinco días recorrieron media África a pie, agolpada en camiones y turismos, e incluso en tren, hasta llegar a la capital de Marruecos, Rabat.

Visiblemente emocionada, se aferra a su pequeño

Allí pidió asilo y fue acogida por organizaciones religiosas. Nos muestra fotos de una etapa que recuerda como de tranquilidad. Durante más de año y medio resistió en Rabat pero, finalmente, no le fue concedido el estatus de refugiado: “Seguía sin tener nada y ahora también era una ilegal en Marruecos. Mis hijos no estaban ni siquiera escolarizados y empecé a temer que me los quitaran o que no pudiéramos seguir todos juntos. No quería por nada del mundo que vivieran cosas tan duras como las que yo viví cuando niña”.

Y así es como hace casi cinco meses Aissatou y sus pequeños terminan llegando a los refugios en donde los subsaharianos varones esperan para poder cruzar la valla de Melilla. Todos se preguntan: ¿Por qué no fue a los campamentos que hay alrededor de la ciudad de Nador donde están instalados las mujeres y los niños? La respuesta es tan sencilla como demoledora: “Mi intención es llegar a Melilla. Sé que no puedo saltar la valla y menos con cuatro hijos, pero tampoco puedo pagar una patera o un coche para pasar la frontera y no estoy dispuesta a venderme para lograrlo. Sólo quiero que mis hijos tengan un futuro y disfruten de una vida digna que yo no he podido tener y que ahora mismo no puedo ofrecerles. Espero que algún día Europa le devuelva a mis hijos todo lo que África me ha ido robando”.

Le comunicamos que, en Melilla, el grupo Yoga y Fusión en el Norte de África está organizando sesiones gratuitas de yoga para recoger alimentos y donativos para ella y sus hijos, y que están teniendo muy buena acogida. Además, le informamos de que en España algunas asociaciones, lideradas por Pro Derechos de la Infancia (PRODEIN), están estudiando su caso e intentan con medios jurídicos y económicos conseguir, primero, que salga de aquel monte sin condiciones para criar a una familia numerosa y, después, intentar darle una vivienda y condiciones dignas para, una vez se consiga, lograr que resida legítimamente en Marruecos y quizá algún día pueda pasar a Europa por los cauces legales.

Durante un instante se tapa la cara y se hace el silencio. No puede aguantar más la compostura y rompe a llorar. En ese instante llegan Khadija, de siete años, Abdellah, de cinco, y Omar, de tan sólo cuatro. Lo hacen custodiados por varios varones adultos que les llevan las bolsas y los protegen. Vienen de mendigar en los poblados cercanos y en los caminos que suben al monte. Los niños no dejan de sonreírnos y nos ofrecen unos caramelos que les han regalado. Abdellah, que no levanta más de un metro del suelo, da parte a su madre de lo recaudado esa tarde y, al verla llorar, no duda en abrazarla y secarle las lágrimas. Saca un collar de cuentas brillantes de plástico rojo de una de las bolsas que carga y se lo coloca con ternura en el cuello. Entonces el resto deja de colocar las provisiones y enseres, y todos se funden en un abrazo que corta la respiración.

Tienen la tienda montada en la zona más protegida del campamento y viven custodiados por dos jóvenes de Guinea Conakry –Simón, de 25 años, y Mamadou, de 22 años- que se han convertido en protectores de Aissatou y en cuidadores de sus hijos.

“Es como una madre para todos. Pone orden e incluso nos regaña si hacemos las cosas mal. Aquí todos la quieren y la cuidan”, asegura Bafia, un camerunés que vive tres árboles más arriba.

Tras degustar en familia el sabroso plato de legumbres variadas con arroz, nos confiesa que es consciente de que es muy difícil que ella y sus retoños acaben llegando a Europa y puedan ganarse dignamente la vida; pero, mientras tanto, nadie le puede quitar sus esperanzas y sus ganas de seguir adelante.

“Sueño con un futuro mejor, no me queda otra que soñar y no perder la esperanza. No me queda dinero y no tengo a nadie. En África no hay derechos, no se respeta a las personas. En Europa hablan de crisis pero siempre será mejor que vivir tirados en este bosque y mendigar para comer. Sólo quiero lo mejor para mis hijos y hago lo que haría cualquier madre: no dejar de luchar”.

Fuente: periodismohumano.com

.

Compártenos y Síguenos!!:
  • Bitacoras.com
  • StumbleUpon
  • Google Bookmarks
  • MySpace

Previous post:

Next post: