En memoria de Adrian y Wilson, angeles de los migrantes asesinados por bandas impunes

1 diciembre, 2014

Imagen-Barbara Schneekloth, Workshop Papers - One. Sala de Exposiciones, Mostoles

Adrián era una persona conocida en el pueblo por su personalidad desinhibida, el cabello largo y pintado de rubio, su facilidad de palabra y su don de gente. En su camino saludaba, en cualquier lugar por el que se paraba alguien le daba una sonrisa. Todos sabían que se dedicaba a ayudar a los migrantes. Gracias a que se llevaba bien con todos -incluyendo paramédicos y algunos patrulleros-, cuando un migrante estaba enfermo, se había herido o necesitaba algo, podía llamarles y pedirles que los curaran o los llevaran al hospital.

Adrián, de 39 años, nació y vivía en Tequixquiac, Estado de México, un municipio en el que cruzan las vías del tren de carga que transporta a miles de migrantes que arriesgan su vida para poder llegar al “sueño americano” y brindar a su familia un futuro más digno. Trabajó algunos años en el tren y ahí se dio cuenta de lo dura que es la travesía y decidió, hace poco más de 6 años, dedicar gran parte de su vida a brindar ayuda humanitaria a sus hermanos migrantes, “mis niños migrantes”, como les decía.

Adrián pertenece a la comunidad LGBT y hace poco más de dos años conoció a Wilson, de 29 años, de nacionalidad hondureña, que iba camino al norte y como muchos, que ven el camino demasiado complicado, decidió quedarse en México.

Wilson era un hombre alto, flaco, callado al principio pero muy atento de lo que pasaba, un buen conductor de la camioneta que a veces estaba a punto de quedarse atascada en el fango del camino de terracería que lleva al basurero y que tuvo que desarrollar esas habilidades porque la lluvia no detenía la misión de esta pareja. Ir a dar comida a las vías.

Wilson tenía contacto con su familia pero hace muchos años que no los veía, ¿cómo arriesgarse a salir del país e ir a Honduras con el riesgo de que en el camino de regreso te maten, te asalten o te deporten? Trabajaba en el mismo municipio, hacia labores de chalan. Al consolidar su relación con Adrián sabía que ayudar a los migrantes sería su forma de vida.

Los dos hacían un buen equipo. Wilson era práctico, reaccionaba rápido, bajaba ollas, prendía fogatas, llenaba botellas de agua junto a las vías del tren. Adrián era más cariñoso, platicaba más, revisaba si la gente venía enferma, si estaba herida.

Traían su botiquín en una bolsa de tela, algunas gasas, alcohol, guantes, algodón, alguna aspirina. Lo que podían, para lo que les fuera alcanzando; aprendieron a curar pies agrietados de tanto caminar y lo hacían sin pena, sin preocupación, hábilmente.

Crimen organizado

Tequixquiac no es un espacio libre de esto. Al igual que todo el corredor migratorio, cada vez más, el crimen organizado se hacía presente: camionetas sospechosas, todos los días historias de asaltos, de extorsiones. Esa realidad se fue insertando en el trabajo cotidiano de Adrián y Wilson; aprendieron a vivir con eso, a estar con los ojos bien abiertos, comenzaron a tejer redes con organizaciones de la sociedad civil que les fueron explicando cuándo hay una violación de derechos humanos y cuál era el teléfono de la comisión estatal para que fueran a levantar una queja. En las vías no puedes sólo dar de comer, la ola de abusos te hace involucrarte en denuncias, en pequeños acompañamientos.

Adrián y Wilson fueron siempre buenos compañeros de trabajo, se comunicaban constantemente, apoyaron de manera directa y constante el trabajo del comedor y albergue San José en Huehuetoca desde su creación hasta su cierre. Daban entrevistas a los medios de comunicación denunciando las condiciones en que los migrantes se encontraban, fortalecieron sus capacidades para hacer cabildeo político en el municipio para que hubiera patrullas dando una vuelta de vez en cuando por el basurero. Pero la respuesta del Estado, siempre fue ineficiente, nunca fue suficiente.

Las amenazas se incrementaron, entre marzo y abril Adrián y Wilson tuvieron que bajar su perfil, dejar de ir a las vías, lo cual los tenía angustiados todos los días “¿qué estarán comiendo?, seguro tienen frío…”. Cuando las cosas se tranquilizaron regresaron a su labor de ayuda humanitaria, más atentos, pero sin dejar de trabajar. No podía ser de otra forma, ellos no iban a abandonar a sus hermanos. Las camionetas sospechosas pasaban de vez en cuando, los coyotes, los halcones haciéndose pasar por migrantes. Se pidió apoyo desde el Colectivo Ustedes Somos Nosotros a la presidencia municipal, le mostramos nuestra preocupación, dijeron que se harían cargo, que habría una patrulla acompañándoles, pero este apoyo nunca fue constante.

A sangre fría

El domingo 23 de noviembre, Wilson y Adrián, junto con un grupo de voluntarios, fueron a las vías a dar de comer, como todos los días. Los jóvenes se retiraron y ellos fueron a casa de la madre de Adrián, como siempre. Tenían una relación sumamente cercana. Estacionaron el coche donde siempre, a 20 pasos de la casa frente a una casa deshabitada; saludaron a la madre y se quedaron unos minutos en el coche, platicando. Eran aproximadamente las 17:50 horas cuando se escucharon balazos, la familia salió corriendo, vieron a dos o tres tipos a pie que huían por un callejón y se perdían. Sabían perfectamente lo que estaban haciendo, por donde salir, todo.

Adrián recibió tres disparos, uno en la sien, otro en el corazón y otro en la pierna, murió inmediatamente en el asiento del copiloto. Wilson recibió 5 disparos, en la barbilla, el corazón, el pulmón, el estómago y la mano. La ambulancia alcanzó a llegar por él pero murió a las 3:30 am del día siguiente en el hospital de especialidades de Zumpango. Los doctores explicaron que les dispararon a quemarropa, sabían lo que hacían, iban a matarlos.

El cuerpo de Adrián fue entregado a su familia el lunes 24, fue velado y enterrado entre lágrimas y una sensación de dolor e impotencia inconmensurable. El cuerpo de Wilson sigue en el SEMEFO de Zumpango, esperando su repatriación. Ahí, sólo.

Adrián y Wilson no debieron morir. Las autoridades en todos sus niveles saben cuál es la situación de la zona y no han querido actuar, no han dado seguridad a los migrantes ni a los defensores, son responsables de estas muertes por omisión.

Adrián y Wilson no debieron morir. Cumplían la función de un Estado que abandona a su población mexicana y a la extranjera que cruza nuestro país buscando un futuro mejor para sus familias; salvaron vidas, permitieron que la gente no sólo comiera sino que se sintiera

Hoy decimos ya basta de impunidad, de violencia, de omisión, de complicidad. No vamos a permitir que esto siga sucediendo, estamos hartos, estamos cansados y exigimos al Estado que haga lo que le corresponde; no más, no menos, simplemente lo que le corresponde. Porque no vamos a aguantar más; por la memoria de nuestros compañeros no permitiremos que su sangre sea derramada en vano.

Fuente: lamarea.com

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