DE ADMINISTRACION DE VIOLENCIAS Y LA DECIDOFIBIA DE SANTOS

29 diciembre, 2014

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ARTURO PRADO LIMA

 La violencia ha sido necesaria para la supervivencia y el progreso de la humanidad. En su lucha contra el hambre las sociedades primitivas lucharon a muerte con las fieras y las venció. Luchó arduamente contra el clima, las montañas, los mares y los ríos. Y después luchó consigo mismo para darse una explicación sobre su propia existencia y por demarcar un territorio y asentarse en él cuando sitió la necesidad de abandonar el nomadismo y formar una familia. La violencia fue el factor decisivo en la consecución de estos logros.

Con el tiempo, esa violencia empezó a crecer y a extenderse sobre las actividades humanas y este decidió utilizarla para su beneficio. He ahí el problema: no fuimos capaces de administrar bien la violencia y dirigirla hacia logros sociales más que para la destrucción del otro. Los primeros imperios se lanzaron contra los pueblos débiles y los aniquilaron. A otros los esclavizaron y a otros tantos los destruyeron.

Los victoriosos terminan imponiendo sus ideas, sus normas, sus políticas y arruinaron la cultura de los conquistados. Son los vencedores los que escriben la historia y la perpetúan en la mentalidad esclava con sus héroes, sus mártires, sus epopeyas y sus logros como motores del progreso humano. ¿Será por eso que es tan atractiva la guerra? En estos tiempos donde ya no hay tiempo para hacer memoria colectiva, para hacer costumbres, para implantar una tradición y donde el ser humano es un simple número perdido en la Gran Masa, la posibilidad del botín de guerra y de ser reconocido como héroe o mártir lleva a la mayoría a buscarse un hueco en la guerra nacional o, ante la imposibilidad de ubicarse bien en los puestos de mando, terminaron fundando sus propios ejércitos.

Fue así cómo el Estado Colombiano perdió el monopolio de las armas, de la fuerza militar y el control de vastos territorios nacionales. Para recuperar la legalidad, la autoridad, el integridad territorial los distintos gobiernos han echado mano de la violencia, pero sin control alguno. Mientras los campesinos, los obreros, los intelectuales urbanos, los curas revolucionarios depositaban la esperanza de una mejor patria, con justicia social y libertad, en el poder de la violencia política armada, del lado opuesto surgían auténticos grupos terroristas guiados por la mano generosa de los narcotraficantes, los hacendados, los industriales, los fondos secretos y abiertos de los países imperialistas que hacían de la violencia no la partera de la historia, como siempre se ha dicho, sino la sepulturera de la historia.

Hoy, hay sectores que no están dispuestos a aceptar que hay otras formas de dirimir los conflictos sin traicionar los principios y creencias de todo tipo: el diálogo. Con la tregua unilateral e indefinida decretada por las FARC se acepta un principio básico de todos los conflictos, la humanización de la guerra: determinándola, como lo dijo en su Momento Manuel Marulanda Vélez.

El presidente Santos y su gobierno, el senador Uribe y su séquito de seguidores, la extrema derecha y los beneficiarios de la guerra nacional no aceptan un cese bilateral del fuego porque la guerra les atrae más que la paz y prefieren el olor de la sangre y el llanto de los huérfanos y viudas de los muertos antes que el silencio de los fusiles para poder hablar en paz y negociar en nacimiento de un país a través de la única manera democrática que se puede crear una nueva nación: la Asamblea Nacional Constituyente.
El poder popular sustituye en este caso el poder de las armas y pone bajo su control la violencia, la encausa hacia otros objetivos y no a la destrucción entre nosotros mismos.

LA DECIDOFOBIA DE SANTOS

Esta palabra la pronunció por primera vez el doctor Walter Kaufmann, sino estoy mal, y quiere decir miedo a tomar decisiones. Responder al cese del fuego con un gesto similar tendría que ser la respuesta natural de un gobernante que está decidido a plantar los cimientos para la construcción de la paz a cualquier precio. Pero el presidente de Colombia tiene miedo a tomar esa decisión trascendental. Prefiere que la tomen otros, y la tomarán, seguro, pero en contravía de la postura de las FARC. El presidente prefiere que la tradición decida, que la costumbre se imponga, tal vez con la esperanza de que el juego de la guerra siga indefinidamente. Sabe muy bien que una de las condiciones del mantenimiento unilateral de cese al fuego es que no sean atacadas sus estructuras guerrilleras. Es decir, el alto al fuego de las FARC está en manos de grupos de ultraderecha que no van a dudar en atacar esas estructuras para hacer descarrilar el dialogo y los posibles acuerdos.

Ahora este asunto está a la deriva. El miedo a decidir del presidente colombiano pone en el limbo el acontecer político militar de Colombia. De esta manera el gesto de las FARC, que corresponde a un punto de la agenda de la Habana de ir desescalonado el conflicto, al no tener una respuesta similar, es débil y pende de un hilo. Tal vez un ataque premeditado de los Señores de la Guerra implique el rompimiento definitivo. Por eso es importante ponerle coraje a este tema y tomar una decisión valiente: Después de que el último soldado retenido sea liberado, no esperemos más muertos para afianzar la postura del gobierno en la Habana. El alto al fuego bilateral es el camino más corto para la construcción de la paz. Si la sensatez se impone a la decidofobia. Claro está.

@arturopradolima
Madrid – España

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