El videoclip que desnudó a los correístas

28 mayo, 2015

Por Roberto Aguilar.

La nueva pedagogía política del estado de propaganda consiste en enseñar al pueblo que un dictador puede ser bueno, incluso deseable. El último video de la Secretaría de Comunicación, difundido por Fernando Alvarado en las redes sociales al grito de “¡Viva la dictadura en el Ecuador!”, trae un jingle popero de versos patojos y voces juveniles que repite ese mensaje: “Hasta hace poco yo creía que un dictador era un tirano, yo lo que veo en las calles es un país que está cambiando”. Es la más sincera autodefinición emitida por el correísmo hasta la fecha y fue saludada por miles de seguidores que se sintieron identificados con la consigna. Que viva la dictadura, sí, que viva.

Por supuesto que Fernando Alvarado no quiere ser tomado al pie de la letra. Se trata de un desplante del secretario de Comunicación dedicado al creciente número de ecuatorianos que sostienen que en el país no existe una verdadera democracia, pues no puede haberla ahí donde las funciones del Estado no son independientes, donde los jueces reciben instrucciones de la Presidencia, las organizaciones sociales se controlan por decreto y los adolescentes son arrastrados por una docena de gorilas a los juzgados de flagrancia por el delito de hacer un corte de mangas en la calle. A todos quienes piensan de esa manera Alvarado viene a decirles: sí, esto es una dictadura, ¿y qué? Es “la dictadura del amor”, “la dictadura del pueblo”, “la dictadura del progreso”. “Si esto es una dictadura –insiste el estribillo del jingle– es porque el corazón les está dictando”. En contraste con la patética solemnidad del montaje cinematográfico, tan simplón juego de palabras causa un efecto humorístico involuntario del que los correístas son, a todas luces, inconscientes.

El video fue reproducido en las redes sociales por funcionarios de todos los niveles, desde ministros y asambleístas hasta el propio vicepresidente de la República, a quien retuitearon, a su vez, más de 160 personas en cuestión de minutos. Conocido por sus salidas en falso, acostumbrado a quedarse fuera de lugar como zapato puesto sobre la cabeza (recuérdese la gaffe de Je suis Charlie), en esta ocasión Fernando Alvarado pegó centro. Sólo alguien como él, una persona tan huérfana de referentes conceptuales y tan dispuesta a expresar sin sutilezas su desprecio por el intelecto, pudo ser capaz de resumir en un videoclip y una consigna toda una visión política que el correísmo comparte pero que muy pocos correístas (quizás ninguno entre los funcionarios de su rango) se atreverían a confesar. Por supuesto que lo hizo de forma inconsciente. Cuando el secretario de Comunicación escribe “¡Viva la dictadura en el Ecuador!” acaso cree estar hablando en sentido figurado. No percibe –para ello le faltan luces– el alcance de sus palabras y lo mucho que revelan sobre el proyecto correísta. No es tanto que Alvarado haya admitido que esto es una dictadura; lo que está diciendo es que, si lo fuera, daría exactamente lo mismo.

Aquello que llaman revolución ciudadana se supone que debió institucionalizar el país en ocho años y por lo menos sentar las bases de un cambio de mentalidad que condujera a un nuevo modelo de participación cívica y de relaciones entre los ciudadanos y el poder, un modelo diferente al vertical y clientelar propio de la cultura política ecuatoriana de toda la vida. En eso consistía la supuesta revolución que nos ofrecieron. La realidad, sin embargo, es exactamente la contraria y la teoría de la dictadura del corazón (mejor dicho: el jingle de la dictadura del corazón tras el cual se esconde toda una teoría) la describe mejor que los discursos oficiales y los nerviosos griteríos sabatinos.

El video celebra los logros de un sistema de informalidad política. El Estado benefactor ofrece sus dones a la población agradecida (escuelas, caminos, puentes pero también sonrisas, dignidad, orgullo). El único nivel de participación de esa población en la cosa pública parece ser el desempeño de este rol pasivo de receptora. Al mismo tiempo, la acción benefactora del Estado proviene no de un sistema de leyes e instituciones diseñado para satisfacer una serie de derechos, sino de la condición moral subjetiva de quienes ejercen el poder: es el corazón el que les dicta sus buenas acciones. “Les” dicta, dice el jingle. El pronombre es importantísimo porque determina claramente que la supuesta revolución no es obra de los ciudadanos, como cabría esperar de su membrete, sino de un grupete de iluminados de alma buena empeñados en redimirnos.

Hace más de diez años, es decir, antes de que Rafael Correa apareciera en el horizonte, semejante modelo de informalidad política fue estudiado por el hoy legislador correísta Fernando Bustamante en un brillante ensayo publicado por la Flacso. En esos tiempos todavía no le habían pintado por delante un cargo ministerial, así que Bustamante podía reconocer que esa cultura política, aunque pudiera en ocasiones ser eficiente, representaba un estado de cosas insatisfactorio que debía ser reformado en tanto resultaba incompatible con las formas democráticas y republicanas. Bustamante describe ese sistema como algo ajeno a la racionalidad política y al concepto de igualdad ciudadana; un sistema donde la “participación ciudadana” (utiliza esas exactas palabras) sólo existe en la medida en que los ciudadanos son “partícipes” de los dones del Estado, es decir, sólo se conjuga en voz pasiva; un sistema en el cual la lucha por el poder no es otra cosa que “el permanente esfuerzo por construirse un fuero”, una situación privilegiada; un sistema, en fin, donde el poder no proviene, como en la democracia republicana, de un acto de consentimiento ciudadano, sino que es el ejercicio de una hegemonía moral que consagra el ascendiente del poder sobre las masas. En pocas palabras: el sistema que Fernando Bustamante describe es exactamente igual a la dictadura del corazón que celebra Fernando Alvarado.

Dictadura del corazón: en ejercicio del fuero que su hegemonía moral le garantiza, Rafael Correa llega cada sábado imbuido de la superioridad propia de su cargo y, como los rayos del sol que descienden del monarca absoluto en las representaciones barrocas de la monarquía, hace descender los dones de su sabiduría sobre el pueblo agradecido. No en vano dice Bustamante que, en esta percepción de lo público, “la política es propiamente escenario, tinglado, espacio de despliegue de rituales de interacción” donde “los protagonistas deben producir efectos estéticos y emocionales pertinentes”. Y pone dos modelos análogos como ejemplo: el circo romano y la corte absolutista. A ese tinglado llega Rafael Correa y habla lo que le dicta el corazón, aunque la mayoría de veces se confunda fácilmente con el hígado.

Ocho años de correísmo no han institucionalizado al país. Por el contrario, han reforzado los rasgos de la cultura política que supuestamente tenían que cambiar y que los propios procesos políticos de la sociedad (recuérdese abril de 2005) estaban encaminados a cambiar. Cuando en las redes sociales leemos las reacciones positivas de la militancia correísta a la consigna de Fernando Alvarado (“¡Viva la dictadura en el Ecuador!”), cuando vemos lo dispuesta que está buena parte de la sociedad ecuatoriana a aceptar las funciones disciplinarias de un poder autoritario a cambio de obra pública, no nos queda sino reconocer el enorme retroceso operado en estos años. Hemos vuelto con más fuerza que nunca al vetusto caudillismo velasquista, mientras Fernando Alvarado, patético en su ignorancia, cree que la modernidad está en los juveniles arreglos del jingle y en el estilo del videoclip. Sólo cuando esto haya terminado comprenderemos en toda su magnitud los devastadores efectos del proyecto correísta. Este proceso debería llamarse, con todo derecho, involución ciudadana.

Fuente: estadodepropaganda.com

https://youtu.be/sTuiHAydAi4

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