Cadaveres frescos: Buen provecho señores

2 junio, 2015

Por Arturo Prado Lima. Madrid – Espña

Buen provecho, señores, les dijo el patriarca a los oficiales que iban, según él, a participar en una conspiración contra su vasto poder, y les sirvió sobre la mesa al general Rodrigo de Aguilar, líder de la revuelta, horneado y muy bien aliñado. A medianoche, cuando cada oficial tenía su parte de general, y después de un brindis de rigor, el patriarca les ordenó empezar con su selecto menú. Este episodio pertenece a “El otoño del patriarca”, de Gabriel García Márquez. No recuerdo si es exactamente así lo escrito por Gabo, pero es algo parecido. Se me ocurre esto pensando en los episodios ocurridos en los últimos días en Colombia. Me imagino al presidente Santos poniendo los cadáveres de sus adversarios en la gran mesa de la nación y diciéndoles con una sonrisa en los labios a los enemigos de la paz: buen provecho, señores.

Los empresarios de la guerra ya están en su festín. Hicieron todo lo posible por abortar en cese unilateral el fuego de las FARC porque estaban secos, con sed, con hambre, con ansias, con desvelos, próximos a un paro cardíaco. Le tienen un terror desmedido a la paz. La guerra es su refugio. A ella han entregado sus mejores días, sus mejores años. Perderla así, sin más, les parece demasiada bondad hacia un pueblo que no la merece.

La paz con justicia social no es rentable. Es rentable la paz de los sepulcros, la paz de los vencidos, y aún así es demasiado. Había que patrocinarla si la gloria atenúa el silencio de los fusiles. Un premio Novel de la Paz, por ejemplo. Entonces se la jugarían toda, aunque escondiendo, no uno, sino todos los ases que sean necesarios para que sus intereses de empresarios de la muerte sigan vigentes en tiempos de una hipotética paz. El Expresidente Pastrana hizo lobby en Bruselas para obtenerlo mientras dialogaba en el Caguán de cara a la nación y por debajo de la mesa negociaba el Plan Colombia, el nefasto plan de guerra que acabaría con los sueños de paz de los últimos años del pasado siglo y los primeros de éste. También el señor Uríbe, bajo cuerda, trató, según hablan algunos medios, de intentar negociar con las FARC para llevarse, no un pedacito, sino la gloria completa, mientras invitaba a las tropas norteamericanas desalojadas por el Presidente Rafael Correa de la base de Manta, en Ecuador, a ocupar siente bases militares en el territorio nacional.

Al no tener una respuesta positiva de las FARC para dialogar, Uríbe Vélez se convirtió en el enemigo número uno de los diálogos de paz inaugurados por el presidente Juan Manuel Santos, con un poder sin precedentes en la historia de un expresidente en Colombia, al punto de imponer la agenda política, civil y militar, del gobierno y sin que, a pesar de las cientos de denuncias contra él por posibles crímenes de guerra durante sus gobiernos, no hagan nada las autoridades nacionales e internacionales.

Juan Manuel Santos, preso de los enemigos de la paz, incluso de sí mismo, saca a relucir su lado más oscuro para presionar un acuerdo lo antes posible. Para él la paz es prioritaria en términos de tiempo, no de contenido. Y cuenta con la ayuda norteamericana, con la tecnología punta en cuestiones militares para poner más muertos en la mesa de negociaciones con el fin de espantar al adversario, y de paso, saciar la sed y el hambre de muerte de los enemigos de la paz.

Horroriza esta política macabra de presionar un acuerdo de paz con el mayor número de muertos posible. No es ético tratar de asustar a los unos y satisfacer a los otros con masacres indolentes cuando el enemigo busca el camino para volver a casa y requiere de otros medios para dirimir los conflictos sociales diferentes al de las armas. Tampoco es natural exhibir superioridad militar cuando todo un país había asimilado el desescalonamiento del conflicto gracias al cese unilateral el fuego de las FARC y la orden presidencial de no bombardear los campamentos de los guerrilleros en tregua. Reanimar la guerra a estas alturas es inmoral. Es inhumano.

Hoy más que nunca, se hace necesario crear las condiciones objetivas para aproximarnos sin riesgo hacia la paz. Volver a los bombardeos y las emboscadas es crear odio, azuzar venganzas históricas, jugar con los sueños de todo un país movilizado por la paz, cuya demostración más elocuente fue el movimiento nacional en las últimas elecciones para impedir que un candidato a la presidencia, monigote de un expresidente adicto a la guerra, llegara al poder, votando, incluso tapándose las narices, por el actual presidente, todo con el fin de que continuaran las conversaciones de paz en La Habana.

Para gozo de los amantes de la muerte ya está roto el cese el fuego y reanudados los bombardeo. Ojo, con toda la tecnología militar al alcance de los guerreristas, habrán tenido el tiempo necesario durante la tregua para ubicar campamentos, determinar el exterminio táctico de pueblos enteros asustados por el desastre y podría estar cerca una autentica carnicería humana. Podrían volver las fumigaciones con Glifosato al cual ya habràn cambiado de nombre. Volverán, sin duda, los desplazados de guerra, las fosas comunes, los falsos positivos, en una palabra, el sufrimiento del pueblo colombiano.

Sólo la inquebrantable fe de los colombianos en su derecho a la paz con justicia social podrá arrancarle a los señores de la guerra la paz siempre soñada y de esta manera retirar los cadáveres de la mesa aunque los singulares comensales pataleen y amenacen con irse al monte como en su día lo hizo el sanguinario Carlos Castaño.

Es posible que eso de desayunar, almorzar y cenar con cadáveres frescos pase a la historia como uno de los momentos más oscuros de nuestras vidas. Si, es posible, aunque los violentos de corazón y espíritu aún no se lo crean.

 

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